domingo, 23 de septiembre de 2018

La sombra

Hola a todos soy Mara Cabrera y en esta ocasión hablaré sobre un cuento elaborado por Liana Castello titulado "La sombra". Este será utilizado como medio para profundizar el tema de verbos copulativos mediante un juego que consiste en seleccionar la respuesta correcta en un determinado tiempo.

Para ingresar al juego se debe presionar el siguiente link: https://join.quizizz.com y seguido de esto se debe colocar el código 837275

El cuento trabajado es el siguiente:                                                              

La sombra

Lisandro era el único hijo de una familia muy humilde. Sus padres trabajaban en el campo y si bien no habían pasado hambre jamás, el dinero únicamente había alcanzado con lo justo durante toda su vida.

Al joven no lo entristecía demasiado esa situación pues pensaba que habría un futuro diferente para sus padres, a quienes amaba profundamente y por supuesto para él también.

Desde pequeño se había acostumbrado a ir solo al colegio, realizar los quehaceres del hogar y  hacer la comida.  No había podido jugar demasiado, había que ayudar en la casa, mientras los padres trabajaban.

Lisandro ansiaba llegar pronto a los quince años, pues sabía que  a esa edad podría ir él a  trabajar la tierra y su madre podría quedarse  en la casa y descansar como tan merecido lo tenía. El hecho de que su madre pudiese tener otra vida, por humilde que siguiera siendo, lo obsesionaba.

Sin embargo, cuando finalmente cumplió sus esperados quince años, no pudo hacer realidad su sueño. Su madre enfermó gravemente. Consultaron al médico del pueblo, quien les dijo que mucho no había para hacer allí con los pocos recursos que contaban e indicó que viajaran a la ciudad.

Tanto Lisandro como su padre se desesperaron. No contaban con el dinero necesario para trasladar a la madre y menos aún para pagar el tratamiento necesario.

– ¡Algo hay que hacer! Trabajaré doble turno, las veinticuatro horas si es necesario para conseguir el dinero – Dijo el padre con lágrimas en los ojos.

– No seas ingenuo padre – Contestó Lisandro- Ni trabajando dos meses reuniríamos el dinero suficiente para el viaje y el tratamiento, hay que hacer otra cosa.

Dicho esto, el joven se calló, miró un largo rato a su madre delirando de fiebre, miró a su padre en cuyo rostro ya no cabía más dolor ni más miedo y tomó una decisión.

– Prepara todo lo necesario para el viaje, vuelvo lo antes que puedo con el dinero.

– ¿De dónde lo sacarás hijo? – Preguntó su padre.

– Algo se me ocurrirá – Contestó Lisandro y partió, no sin antes buscar una gorra y ropas que disimularan su aspecto.

Siempre había sido una persona de bien, de principios. Así lo habían criado sus padres, pobre, pero honrado. Sin embargo, ante esta situación límite y no encontrando otra salida, Lisandro tomó un camino que jamás debería haber tomado.

Salió de su casa corriendo como un loco, pensando en que sus vidas eran muy injustas, que no había derecho a que su madre enfermase y menos aún que no pudieran costear el viaje a la ciudad. Se enojó mucho, con la vida, con el destino, con Dios mismo.

Sabía que no tenía tiempo de juntar el dinero necesario trabajando, pues sus estudios eran básicos y no sería fácil conseguir un trabajo bien pago.

La desesperación y el enojo no son buenos consejeros y menos aún si van de la mano. Lisandro tenía decidido obtener el dinero a toda costa y cómo única salida pensó en el robo.

No bien llegó al pueblo cobró su primera víctima, un señor bien vestido a quien llevó por delante y despojó de todo su dinero. Salió corriendo tan rápido que el hombre no pudo reaccionar, quedó tendido en el piso pidiendo ayuda.

Mientras se escapaba, Lisandro creyó ver una sombra. Se distrajo por un momento, pero siguió corriendo.

En el camino pasó por un comercio. Entró, maniató a su dueño y se llevó el contenido de la caja.

Una vez más, mientras corría creyó ver la sombra. En realidad esta vez estaba seguro, detrás de él había una sombra. Se asustó y mucho, pero no tenía tiempo de pensar en que alguien lo hubiese visto y siguió su camino.

Se topó con una anciana. No, no podía robarle a una pobre e indefensa señora mayor… no, no podía. Sin embargo, la desesperación pudo más y lo hizo. Nuevamente la sobra lo siguió.

Así pasó dos días, robando, huyendo y sintiéndose la peor de las personas.

Durante esos dos días la sombra lo acompañó, como si estuviese adherida a su persona, no le dejaba ni libre, ni solo.

Estaba seguro que alguien lo estaba siguiendo y esperando el momento justo para apresarlo y que esa persona era la dueña de la sombra que no lo dejaba en paz.

Buscó un escondite para contar el dinero.

Agitado, desprolijo y humillado por su propio comportamiento, se tomó la cabeza sin poder creer lo que había hecho. Con la respiración entrecortada y un cansancio que parecía de años, contó el dinero obtenido, más de lo que pensaba realmente.

Fue a su casa. Entró con mucho miedo de aquello que pudiera encontrar.

Su madre seguía con fiebre y su padre le ponía paños fríos.

– Aquí tienes, el dinero necesario para llevar a mamá a la cuidad. Apresúrate, no hay mucho tiempo – Dijo Lisandro evitando mirar a lo ojos.

– ¿De dónde y cómo has obtenido semejante suma de dinero? – preguntó sorprendido el padre.

– Luego te lo explico, ahora lleva a mamá a la ciudad, yo los espero aquí, vete rápido.

Hicieron los arreglos necesarios y sus padres partieron.  Una vez solo en su casa, el joven se sintió más seguro, por poco tiempo.

De repente, se dio cuenta que una vez más tenía la sombra detrás de si. Era imposible, no había visto a nadie seguirlo, sin embargo allí estaba, casi acariciándolo.

Se sintió amenazado, supuso que el final estaba cerca. Apagó la luz y sin explicación lógica, seguía viendo la sombra. En la más absoluta oscuridad, era tangible su presencia. No había explicación posible.

Hay cosas que sólo desde el alma se entienden.

Resignado a su suerte, Lisandro prendió la luz, la sombra detrás de sí seguía casi adherida a su cuerpo y su destino.

Recapituló una y otra vez todo lo que había hecho y si bien era cierto que había robado para salvar la vida de su madre, eso no lo eximía de sentirse sucio por dentro.

Supo en ese momento que hay caminos que son difíciles de desandar y que no siempre el fin justifica los medios. Cerró los ojos y pensó en sus padres y en cómo, a pesar de sus necesidades y angustias, jamás habían traicionado sus principios, como él lo había hecho.

Cuánto más pensaba en todo esto y más arrepentido se sentía, la sobra más lo abrazaba con un peso difícil de soportar.

Abrió los ojos y una vez más no vio a nadie. Recién en ese momento comprendió que la sombra tan temida no era más que su conciencia. No era  alguien que venía a apresarlo, era él mismo que no podía con la culpa y la vergüenza. No se sintió aliviado. Ya no importaba si lo habían descubierto o no, él sabía lo que había hecho y no podía borrar el pasado. La sombra seguiría allí por siempre adherida a su vida como la más pesada de las pieles.

Sin embargo, el joven no quiso quedarse con esa pesada carga, espero a que su madre sanara, contó toda la verdad a sus padres y decidió hacer algo para revertir, en la medida de lo posible, lo que había hecho. Comenzó a trabajar prácticamente las veinticuatro horas, de sol a sol, de domingo a domingo.

Al tiempo, volvió al pueblo, buscó a cada persona que le había robado, le explicó porque lo había hecho y devolvió la mayor parte del dinero robado, el restó lo devolvió con más trabajo.

Saldar sus deudas le llevó a Lisandro un tiempo considerable, no tanto como sentirme mejor con él mismo.

Se dio una nueva oportunidad, era joven y estaba arrepentido de los errores cometidos.

¿La sombra? Jamás se pudo desprender del todo de ella, pero ya no la sentía como una pesada carga, sino como un llamado de alerta para no olvidar cuáles son los caminos que se deben tomar y cuáles no.

domingo, 26 de agosto de 2018




Material aportado por Lucas Pereira

------------
Hola soy Ignacio y me responsabilizo sobre la tardanza de algunos trabajos al subirse, no pude hacerlo antes aunque me los habian dado para subir hace tiempo

Juego interactivo sobre temas trabajados en clase.

Con esta actividad se le puede dar mas diversion y entretenimiento a las acitividades de la clase.¡Participa en el juego e intenta acertar todas las respuestas para ser el mejor de la clase!

Para jugar debes entrar a https://quizizz.com/JOIN?locale=es y poner el codigo  220506 como puedes ver en la imagen, 




Temas dados en la actividad: 
- Sujeto léxico
- Complemento, directo e indirecto
- Verbo transitivo e intransitivo
- Sujeto omitido

Trabajo pensado, realizado y aportado por: Samuel Rodriguez, Agustin Aristarán y Diego Martinez
------------
Hola soy Ignacio y me responsabilizo sobre la tardanza de algunos trabajos al subirse, no pude hacerlo antes aunque me los habían dado para subir hace tiempo

domingo, 19 de agosto de 2018

El Almohadón de Plumas




Hola a todos, nosotros pertenecemos al grupo 3º3 y nuestro equipo está compuesto por Adrian Núñez y Mara Cabrera. En este vídeo hablaremos sobre el cuento "El Almohadón de Plumas" y a su vez lo utilizaremos como medio para explicar el complemento directo. Además, hemos creado un juego basado en el vídeo para poner en práctico lo aprendido y una actividad para realizar usando como referencia el cuento. Esperamos que les guste.

Link del juego: https://play.kahoot.it/#/k/0fad0350-4b4f-4fc3-a7ce-48e14a5f8f08


Actividad:
  1. ¿Alguna vez habías leído el cuento o escuchado sobre él?
  2. ¿Podrías mencionar a los personajes y describirlos?
  3. ¿Que opinión puedes dar del cuento?
  4. ¿Si tuvieras que elegir un título diferente al del autor, ¿qué nombre le pondrías?
  5. ¿Qué te pareció el desenlace? ¿Te imaginabas que iba a finalizar de esa manera?
  6. Si tuvieras que modificar el final del cuento, ¿cómo sería?
  7. ¿Qué sensación te dejó el cuento?

Juego de identificar sujeto y predicado

Este juego consiste en 5 fases en las que nos harán indicar el sujeto o el predicado de una oración sencilla.

https://www.cerebriti.com/juegos-de-lengua/sujeto-y-predicado#.W3oetuglOM8



Aportacion realizada por: Luciana, Ignacio C, Cecilia, Ignacio M
Miedo de noche Leandro tenía mucho miedo de quedarse solo de noche, pero nunca lo hubiera confesado. A los diez años, se sentía demasiado grande para pedirles a sus padres que no salieran. Lo cierto es que cuando se iban, todo a su alrededor se volvía amenazador. Le parecía ver cosas por el rabillo del ojo. Si daba vuelta la cabeza para mirarlas de frente, las cosas desaparecían. Quedarse en su cuarto, sobre todo, le resultaba intolerable. Taparse la cabeza con la frazada era todavía peor: los monstruos que se imaginaba podrían encontrarlo así, sin que él pudiera verlos llegar, y entonces estaría completamente indefenso. Era mejor estar atento. Le daba risa los chicos que les tenían miedo a los ladrones, que al fin y al cabo son seres humanos. Si entraran ladrones en la casa, al menos ya no estaría solo. En realidad, solo del todo no estaba: en la cama de al lado dormía Guillermo, su hermano menor. Pero Guille, que tenía ocho años, no tenía ningún miedo: ¡porque se quedaba con él! Era el único momento de su vida en que Leandro no estaba contento de ser el más grande y le hubiera gustado tener un hermano mayor. El chiquito se dormía con un sueño profundo y tranquilo. Leandro estaba tan obsesionado que no podía dejar de imaginar horrores. A cada rato se acercaba para asegurarse de que respiraba. ¿Y cómo podía saber que seguía siendo realmente su hermano y no un extraterrestre que había tomado su lugar? Lo curioso es que, al mismo tiempo, a Leandro le encantaba leer cuentos de terror. Era lo único que lo tranquilizaba y lo hacía olvidarse un rato de lo que tenía a su alrededor. Entonces, cuando sus papás salían, se sentaba a leer en el living, con todas las luces prendidas hasta que volvían, sobresaltándose con cada crujido de los muebles. Hay muchos ruidos extraños en el silencio de la noche, ¿y cómo estar seguro de que todos son de este mundo? Un día estaba leyendo un cuento que le gustaba y que, al mismo tiempo, le daba mucha impresión. Se trataba de un hombre que había entrado a una cabaña perdida en medio del bosque. Pasaba la noche allí y a la mañana descubría que había dos puertas para salir, pero no podía acordarse por cuál de las dos había entrado. Al abrir una puerta al azar, se encontraba de pronto en otra dimensión. Un desierto inmenso y horrible se extendía hasta el infinito. Aquí y allá había unos cactus que se movían lentamente y parecían tener ojos. Una extraña atracción lo impulsaba hacia la nada. Con un sobrehumano esfuerzo de la voluntad, el hombre conseguía resistir y, casi sin darse cuenta, se encontraba de vuelta dentro de la cabaña. Pero, una vez más, no sabía cuál de las dos puertas daba al bosque y cuál daba al horror. Tenía tanto miedo, que se quedaba encerrado para siempre. Era una historieta. El dibujo mostraba que la cabaña tenía agua corriente y que había, apoyadas en las paredes, pilas y pilas de latas de conserva, como para que el lector supiera que lo que le esperaba no era una muerte rápida, sino meses y quizás años de indecisión: el último dibujo mostraba las dos puertas, los dos picaportes. Leandro levantó la cabeza de la revista y miró a su alrededor. Más de una vez había corrido la cortina del baño, de un tirón, asustado, pensando que podía haber un cadáver recostado en la bañadera, listo para levantarse en cuanto él lo mirara. Pero nunca se le había ocurrido que todas las puertas podían ser peligrosas. Ahora lo sabía. Su casa estaba llena de puertas. La de la cocina, la del baño, la de su cuarto, la del cuarto de sus padres... Cualquiera de ellas podía conducir a un lugar desconocido y terrible. Por suerte, casi todas estaban abiertas. Sólo la puerta de la cocina estaba cerrada. Y ahora tenía sed, mucha sed. ¿Se atrevería a abrirla? Dudó un momento con la mano sobre el picaporte, avergonzado de sí mismo. Finalmente abrió de un empujón. Baldosas, azulejos, mesada, microondas, licuadora, alacenas, cocina, heladera. Todo bien. Entonces abrió la heladera para sacar una gaseosa y se encontró de golpe en un desierto blanco y frío, infinito. Como en una pesadilla, todo parecía tener varios significados. Extrañas formas de hielo se movían hacia él, primero lentamente, después cada vez más rápido. Si hubiera tenido que describirlas, le habría costado encontrar las palabras, porque no se parecían a nada que conociera. Lo peor era la sensación de múltiples miradas que se clavaban en él: porque esos seres no tenían ojos. Miró hacia atrás. La puerta de la heladera había quedado a sus espaldas. Sin darse cuenta, estaba alejándose de ella, perdiéndose fuera de su mundo. Sus piernas se movían haciéndolo caminar hacia adelante como las de una marioneta manejada por los hilos del titiritero. Tenía que cortar esos hilos invisibles con la fuerza de su voluntad. Se sentía cansado, muy cansado. Con una decisión brutal, que le costó buena parte de su energía, se dio vuelta y trató de correr para cruzar la puerta de la heladera y volver a la cocina. Pero las piernas se le hundían en la nieve hasta los muslos. Y debajo de la nieve, el suelo, en lugar de estar rígido y congelado, parecía estar hecho de un barro frío y poroso que se adhería a sus pantuflas. Leandro estaba vestido con un pijama de verano y el frío era tan aterrador que ni siquiera lo hacía tiritar: empezaba a adormecerse. Avanzó lentamente. A cada paso tenía que arrancar el pie de ese barro que no alcanzaba a ver y que luchaba por tragárselo. Por suerte, la heladera no se había cerrado. De algún modo llegó hasta allí, de algún modo logró aferrarse al borde de la puerta y saltar al otro lado, mientras el barro helado devoraba sus pantuflas con un horrible sonido de absorción. —¡Leandro! ¡Leandro! —la voz de su madre lo despertó —. ¡Te quedaste dormido leyendo en el sillón del living! Era maravilloso, casi increíble volver a ver a sus padres. —¿Qué te pasó? —Preguntó su papá—. ¿Otra vez tuviste un mal sueño? —Pero mirá como tenés los pies embarrados... ¿Saliste al jardín en pantuflas? —preguntó la mamá. Durante mucho tiempo, Leandro se negó a abrir la puerta de la heladera con la excusa de que daba corriente. Su papá revisó con cuidado la instalación eléctrica pero todo parecía estar en orden. Además, ninguna otra persona de la casa sentía esas misteriosas descargas de las que hablaba el chico, que también se mostraba muy cauteloso con todas las puertas en general. Con el tiempo empezó a comportarse más normalmente. Habían muchas explicaciones para lo que le había pasado. Una simple pesadilla, por ejemplo, que lo había hecho caminar en sueños por el jardín. Eso sí: las pantuflas no aparecieron nunca más. Pero hay tantas maneras de que se pierdan unas pantuflas... ¿O no? Ana María Shua

viernes, 10 de agosto de 2018

¡El blog está casi listo!

El blog está casi terminado.

Ahora solo necesitamos comenzar a subir trabajos. Hagan sugerencias, envíen trabajos o propuestas al mail de la profesora tatianagarcíabrito@gmail.com.